¡Comienza el año! Y salvo el aumento de los gastos, la ya clásica mala leche que satura las calles por estas fechas (hay que ver como se inunda la gente de espíritu navideño en los atascos), y algunos tipismos propios de la época, bien podríamos estar en Agosto. Nada distingue ayer de antes de ayer.

Pero si que hay algo que cambia. Con la entrada de un nuevo año, comienzan a romperse las promesas y buenas intenciones planteadas a última hora del año que terminó. ¿Cuanto tardarán en volver a fumar aquellos que ayer se prometieron era su último día de fumador?. Por poner un ejemplo común. ¿Nos acordaremos en Marzo de aquello que en los estertores del 2006 nos prometíamos que íbamos a cumplir, cual adalides de la voluntad, por el mero hecho de tirar un calendario para estrenar otro?

En cualquier caso, yo esta vez me he despistado. Se me ha pasado el tiempo volando, intentando descansar del agotamiento infantil (me río yo de las pilas del conejito, al que mis hijos dejarían agotado en la primera vuelta), y ni siquiera me ha dado tiempo de prometerme nada.

Así que aunque sea tarde, voy a ponerme ahora mismo a procrastinar. Logrando rizar el rizo, este año me propongo procrastinar qué procrastinaré.

Y es más, voy a empezar ahora mismo, tan pronto termine de…



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